Ciudad de México, diciembre de 2014
En el marco de las distintas expresiones y jornadas de solidaridad con Ayotzinapa mostradas por la sociedad mexicana tras la desaparición de 43 normalistas el pasado mes de septiembre, tres normalistas rurales fueron invitados a impartir una conferencia al Plantel 6 de la Escuela Nacional Preparatoria con el propósito de dar a conocer cómo funcionan las Normales Rurales en México, ahondar en la importancia que tienen en sus comunidades y describir el conflicto histórico existente entre normalistas y gobierno. Terminado el acto, los organizadores propusieron la apertura de una ronda de preguntas a los normalistas y uno de los preparatorianos decidió aprovechar la oportunidad para preguntar: “¿Podrían explicarme qué es un binomio conjugado?” En seguida, fue tal el repudio de los organizadores y parte de los asistentes hacia quién preguntó que, entre tantos vituperios y reprobaciones, no hubo ocasión para que los normalistas retomaran la palabra y respondieran –o no– al cuestionamiento, aunque cabe señalar que tampoco hicieron mucho por conseguirlo.
Dada la situación descrita, salen al contraste dos posturas parciales y contradictorias entre sí: una en respaldo y la otra en rechazo al específico cuestionamiento que se hizo a los normalistas. Curiosamente, pienso que a partir de ésta contradicción particular pueden dilucidarse características de orden general de la sociedad mexicana y su realidad. En éste sentido, considero importante, antes de pretender siquiera la proyección del presente discernimiento al ámbito nacional actual, dar espacio a un ejercicio de alteridad, en donde se procure comprender la base contextual-argumentativa en que está sostenida cada una de las posturas. Para esto es substancial comprender que, más que de una simple pregunta quizá mal intencionada, estamos hablando de un encuentro –traspié– entre lo urbano y lo rural, en donde lo urbano se auto-adjudica una condición de superioridad a partir de la cual se concede a sí el derecho de increpar y reprender a lo rural que, por su parte, ha incidido en la cotidianidad urbana por una cuestión meramente circunstancial y completamente ajena a la normalidad en donde percibimos un claro desentendimiento entre uno y otro entorno.
Abordemos primero la postura de respaldo, en donde será fácil vernos remitidos a la discusión que tanto se ha tenido en México sobre los problemas de la calidad educativa: uno de los principales problemas de la educación en México –se dice– es la mala preparación de los profesores. Bajo la lógica de desprestigio hacia los normalistas rurales y de criminalización de su protesta, su supuesto desconocimiento acerca de cómo se obtiene un binomio conjugado vendría a reforzar aquellos dimes y diretes –tan populares como mediáticos– que califican de vándalo e ignorante al normalista y que lo posicionan en el centro del círculo vicioso en donde estudiantes mediocres se vuelven maestros mediocres que vuelven a formar más estudiantes mediocres, para terminar desviando el discurso a la típica reivindicación dominguera y limitadísima de aquella reflexión que simplifica toda posibilidad de cambio social al cambio de uno mismo y que abarca todos los ámbitos de lo colectivo a partir de la acción individual que "todo lo puede y podrá" en la medida en que no roce siquiera a algún tercero.
Corresponde ahora dedicar unas líneas a aquellos que, aún sin haberse terminado de formular la pregunta, reprobaron por completo que se haya cuestionado de esta manera a los normalistas y, en consecuencia, armaron tal estrépito que anularon toda posibilidad de respuesta. Vaya que deja mucho que pensar esta situación porque ¿no será que en el fondo se teme –se sabe– que difícilmente un normalista rural sabrá obtener un binomio conjugado? Desde luego que –de ser así– no es culpa del normalista, sino de un sistema educativo excluyente y deficiente. En defensa de la figura del normalista rural se dijo que no es su responsabilidad tener idea acerca de qué es y cómo se obtiene un binomio conjugado, sino más bien conocer y transmitir la técnica adecuada para la siembra, es decir, saber qué tierra trabajar con yunta y cuál con coa, etcétera; pero sobre todo se mostró una animadversión cuasi-pasional a lo que va más allá del discurso propio de la lucha del “movimiento estudiantil”.
En lo personal, al comienzo compartí la argumentación de repudio a la pregunta en cuestión, sin embargo, después de meditarlo y subordinar mi reflexión a un argumento en específico, me percaté que ambas posturas están más que justificadas. En pleno siglo XXI, en un país con grandes aspiraciones y expectativas respecto al desarrollo es inadmisible que un estudiante con la secundaria terminada no sepa sacar un binomio conjugado, sin embargo, es igualmente cierto que saberlo no es significativo en el entorno rural mexicano porque no coadyuva de forma alguna con la progresión de las condiciones de vida de las comunidades rurales. Sin embargo, ¿en dónde radica realmente la relevancia de todo esto? Es decir, ¿por qué ahondar en un ensayo sobre esta situación tan específica y poco trascendental?
Recordemos que estamos en medio de un encuentro en donde un estudiante urbano cuestiona a uno rural: “¿qué es un binomio conjugado?” y en donde aparentemente no hay más que una pregunta que espera ser resuelta, lo que pasa en realidad es que se está pidiendo modernidad en un lugar donde, de modernidad, no ha llegado más que la marginación propia de la modernidad capitalista.
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Al reflexionar sobre si existe o no una filosofía nuestroamericana es común sentirse rodeado de pronto por un ambiente de consternación que se vuelve especialmente denso cuando reconocemos que el pensamiento filosófico hispanoamericano en su mayoría no ha podido conquistar la originalidad quedando reducido a la imitación filosófica debido a que Hispanoamérica vive alienada por el subdesarrollo y la dependencia (Salazar, 1979).
Algo análogo ocurre al cavilar sobre el desarrollo del capitalismo en América Latina, pues, en mi opinión, no existe tal: lo que tenemos y nos agobia es el desarrollo de la dominación del capitalismo que pertenece a naciones y sociedades (coorporativas) ubicadas en la vanguardia de la modernidad. Latinoamérica pareciera condenada a ser simple complemento del desarrollo ajeno, una estación de paso para los capitales imperialistas que succionan todo excedente económico producido en nuestro continente repatriándolo y centralizándolo en manos de sus inversores (Cueva, 2007).
Expuesto lo anterior, me atrevo a decir que no hay espacio para América Latina en la modernidad, al menos no como protagonista sino como ente subordinado, como tradición que requiere modernizarse. Pero vale la pena especificar: no hay espacio en la modernidad para lo que reivindicamos como originario de América. Porque, vamos, grandes partes de las ciudades de México, Sao Paulo y Buenos Aires bien podrían pasar como parte de la más moderna de las ciudades e incluso vemos que las élites del continente participan del capitalismo con toda libertad, sin embargo, alejándonos de la urbe notamos que hay una prevalencia de lo tradicional.
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Cuando hablamos de lo mexicano, solemos hablar de una raza mestiza, un tipo de hombre que tiene sus raíces arraigadas en dos pasados milenarios, uno mesoamericano y otro español; los mexicanos somos lengua utópica y ficticia que establece un puente de comprensión entre dos mundos (Echeverría, 1998) al tiempo que somos hijos de la ruptura y la negación de esos mundos (Paz, 1978). El caso es que somos, pero yo pensaría que no somos. Sí, pienso que eso del mestizaje es algo inacabado. Por eso hay un México malinchista y pretencioso, y uno tradicional, desde el punto de vista de la tradición; un México moderno y otro rezagado y arcaico, desde el punto de vista de la modernidad. Por eso es importante que el normalista rural sepa cómo obtener un binomio conjugado al mismo tiempo que es algo a lo que, sencillamente, no debería prestar la mínima atención. Por eso describir lo mexicano como una expresión de multiculturalismo y diversidad resulta ser la más grande de las incongruencias nacionales porque lo que ocupa el centro de nuestro imaginario de identidad es arrojado a la periferia de nuestra realidad, mientras nos apropiamos de un pasado milenario para justificar nuestra presencia en este mundo, discriminamos y traicionamos a los herederos directos de ese pasado.
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Quizá he sido un tanto simplista y otro tanto ambiguo en el desarrollo de éste ensayo, sin embargo, mi intención sobre todo es dejar de manifiesto la mutua incomprensión que hay entre los dos –o más– méxicos que se expresan en los distintos entornos, urbanos y/o rurales, del territorio nacional.
Al respecto quisiera enfatizar, en todo caso, en la negación que el México con pretensiones de modernidad ejerce, muy ad hoc con el planteamiento de Ortega y Gasset de que “la masa […] odia a muerte lo que no es ella”, sobre toda manifestación que se muestre como alternativa o diferente a él, y en cómo este acto de discriminación expresa la irracionalidad con la que la modernidad capitalista se auto-sabotea y deja de manifiesto sus contradicciones; contradicciones en cuya comprensión –sostengo– radicará nuestra capacidad para transformar la realidad latinoamericana.
Bolívar Echeverría habla de dos niveles de modernidad, uno potencial y el otro efectivo, planteando al primero como “la característica de una civilización que [a partir del surgimiento de la neotécnica] se encuentra comprometida en un contradictorio, largo y difícil proceso de reconstitución” y al segundo como la subordinación de la modernidad al capitalismo, cuyo método:
[…] discrimina y escoge entre las posibilidades que ofrece la neotécnica, y sólo actualiza o realiza aquellas que prometen ser funcionales con la meta que persigue, que es la acumulación de capital. Al hacerlo demuestra que sólo es capaz de fomentar en integrar la neotécnica de una manera unilateral y empobrecedora. (Echeverría, 2009)
Por lo tanto, tenemos una modernidad potencial que aspira a la realización del hombre mediante el servicio de la neotécnica y tenemos una modernidad “realmente existente” que se expresa de forma mercantil. ¿No será que en la reivindicación de lo marginado en oposición a la modernidad capitalista radique la auténtica modernidad (novedad) potencial de lo moderno?
Fuentes:
Fuentes:
CUEVA, Agustín. El desarrollo del capitalismo en América Latina. Siglo XXI Editores,
vigésima edición. México, 2007.
ECHEVERRÍA, Bolívar. La modernidad de lo barroco. Editorial ERA. México, 1998. Pp. 240.
“Un concepto de modernidad” en Contrahistorias. La otra mirada de Clío. Número 11,
septiembre 2008-febrero 2009. Pp. 7-18.
ORTEGA y Gasset, José. La rebelión de las masas. Sin datos editoriales, .pdf:
http://www.seminariodefilosofiadelderecho.com/Biblioteca/O/rebelion.pdf
PAZ, Octavio. Laberinto de la soledad. Fondo de Cultura Económica, sexta reimpresión. México,
1978. Pp. 192.
SALAZAR Bondy, Augusto. ¿Existe una filosofía de nuestra América? Siglo XXI Editores, sexta
edición. México, 1979. Pp. 133.
Pa~je.
ResponderEliminar¿Hay que reinventar la modernidad en favor de hacerla más incluyente y responsable? ¿Cómo combatir los valores ignominiosos de la posmodernidad?
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