Lamento giralunar
Eres, ¡ay de mí!,
nostalgia y recuerdo,
promesa de futuro
y arraigo del presente.
Eres,
en todo caso y sobre todo,
patria, bandera y tierra de ultramar,
camino, destino y origen.
En tus brazos, Valeria:
mi naufragio,
mi encuentro
y, en fin, mi sosiego.
Eres causa, mi amor,
y a ti me entrego;
eres consecuencia inexorable
y a ti me atengo.
Te miro, mujer,
y lo sé;
te beso...
Te siento y lo sé.
¡Eres tú, eres tú!
La belleza...
la belleza siempre has sido tú.
Continuidad y tradición filosófica nuestroamericana
Ciudad de México, junio de 2015.
Siglo XXI, América Meridional. Para poder hablar de una filosofía indohispanolatinoamericana –en adelante nuestroamericana– debe partirse de una continuidad fácilmente perceptible de la producción de pensamiento propiamente filosófico, es decir, de una tradición filosófica con postulados universales para una realidad cambiante determinada.
En cierta medida, la situación colonial y, posteriormente, neocolonial ha marcado la pauta para el desarrollo de una parte importante de la tradición filosófica nuestroamericana que se ha desenvuelto en aras de constituir nuestra América como una alteridad (entidad ontológica suficiente en sí y para sí) en igualdad de condiciones al proyecto colonizador que sobre ella impone una relación de subyugación –ideológica. Con esto, se vuelve sumamente complejo el ejercicio filosófico encaminado a elucubrar el ser de nuestra América pues para poder afirmar dicho ser es preciso comenzar por la negación de lo que no es y eso por sí solo ya supone dejar un espacio enorme a imprecisiones: en un mundo en el que, poco a poco, se disuelven las barreras de las identidades, se es mucho menos de lo que no se es porque el juego de oposiciones dicotómicas donde lo que no es blanco es, por consecuencia, negro, carece de validez.
Cimentar la entidad ontológica “nuestra América” en una reivindicación de su subalternidad, de ser no-España (Europa) en los albores de la Independencia y no-Gringolandia en los siglos posteriores, sería ocioso: ¿qué diferencia tendría lo nuestroamericano con lo africano y gran parte de lo asiático que también están en una condición de subalternidad con respecto al mundo plenamente moderno? ¿No sería más sencillo librarnos de complicaciones y conformarnos con asumir América Meridional como un conjunto de países del tercer mundo, no subdesarrollados sino en vías de desarrollo y a punto de conquistar la cúspide de la modernidad capitalista?
Sobre ese derrotero el indígena originario de América juega un papel fundamental en dos direcciones: la primera, en un sentido de resistencia a la modernidad y, la segunda, en un sentido barroco en la asimilación de esa modernidad (p.e. la Virgen de Guadalupe). Ambas, convergen en un principio fundamental para toda tradición filosófica: el de originalidad. Tan es así que el factor indígena fue preponderante desde el nacimiento de las ideas independentistas. Francisco de Miranda, Túpac Amaru, Hidalgo y Simón Bolívar se refirieron por igual a criollos, mestizos, mulatos e indios, a la hora de llamar a la población hispanoamericana a la rebelión y a la lucha por sus independencias nacionales. De esta manera fue como “con los pies en el rosario, la cabeza blanca y el cuerpo pinto de indio y criollo, vinimos, denodados, al mundo de las naciones. Con el estandarte de la Virgen salimos a la conquista de la libertad” (Martí, 2005).
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En los párrafos anteriores, hemos descrito someramente un rasgo de la filosofía nuestroamericana (el de anti-colonialismo), pero ¿qué hay de su continuidad y vigencia? ¿En dónde reside la tradición? Desde mi punto de vista, donde se recuperael discurso filosófico anti-colonial es en la oposición de la izquierda política latinoamericana a los efectos negativos de la globalización.
Por supuesto que a la fecha se conserva (en la izquierda) una postura de cautela y oposición al imperialismo yankee, sin embargo, en la actualidad es importante reconocer que el imperialismo y las entidades político-económico-culturales que buscan subordinar nuestra América a su dominación no tienen nacionalidad, a pesar de estar respaldadas por los mismos valores modernos del capitalismo en su etapa neoliberal.
Si hablar acerca de la identidad nuestroamericana resulta engorroso, hablar de que la izquierda es el repositorio de un rasgo de esa identidad debe ser algo así como el colmo de la abstracción conceptual, empezando porque en la discusión teórica no se puede hablar de izquierda sino de las izquierdas. Al respecto, Dussel menciona que:
[…] en México y en el resto de América Latina, en este momento hay muchos tipos de izquierdas. […] Existen izquierdas más democráticas en cuanto a legitimidad popular, a veces llamadas populistas; hay otras más socialdemócratas, que se van tornando liberales y algunas hasta neoliberales; también hay extremas izquierdas, que en ocasiones llegan al punto de unirse con la derecha en cuestiones teóricas y prácticas, como en la idea de la disolución del Estado, […] el anarquismo de izquierda ve en el Estado una institución opresora que se debe disolver.* (CDyDFC, 2013)
Retomando, la izquierda contemporánea recupera la tradición filosófica alrededor del anti-colonialismo nuestroamericano, pero no sólo por su oposición al neoliberalismo, sino por su búsqueda de unidad regional, su lucha por la inclusión y reconocimiento de todas las minorías, así como por su aspiración de consolidar la democracia participativa. Pienso que la referencia que hace Dussel de “la primavera latinoamericana” es muy acertada, justamente es en Chávez, Lula da Silva, Evo Morales, Rafael Correa, el EZLN, López Obrador, Kirchner, etcétera, en quienes pienso a la hora de buscar liderazgos que se opongan a la plena occidentalización de nuestra América.
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No basta con argumentar lo obvio, el hecho de que en el presente se recuperen las ideas del pasado, el hecho de que Chávez se haya parado en Cumbres internacionales para decirle a la población nuestroamericana, sin reparar en razas y condiciones sociales: «en el pasado están los códigos del futuro, busquémoslos allá, no en el Norte ni en Superman ni en Batman y Robin ni quién sabe en cuántos cuentos más. Los códigos nuestros están en esta propia tierra… y los cargamos por dentro, además» (Chávez, 2006); y el hecho mismo de aspirar a la construcción de alternativas para el desarrollo y la prosperidad regional, nos permite ser optimistas respecto al futuro, a diferencia de unos años atrás, en la segunda mitad del siglo XX, donde parecía que nuestra América estaba condenada a ser todo menos nuestra, donde el indio, con su identidad, no sería una pieza fundamental para la riqueza cultural de las naciones sino una manifestación residual del rezago que habría que modernizar, condenada pues a ser testigo y no protagonista del concierto humano.
* A lo que menciona Dussel yo sumaría la multiplicidad de causas que se enarbolan desde las plataformas de la izquierda y sería más riguroso en el sentido de que afirmarse de izquierda no supone ser genuinamente de izquierda. De ninguna manera es factible hablar de una izquierda neoliberal, aunque reconozco que no hay elementos sólidos para refutarlo pues el PRI se afirma como un partido de centro-izquierda y en nuestra América hay partidos demócratas-cristianos tanto de izquierda como de derecha.
Martí, José
Notas
* A lo que menciona Dussel yo sumaría la multiplicidad de causas que se enarbolan desde las plataformas de la izquierda y sería más riguroso en el sentido de que afirmarse de izquierda no supone ser genuinamente de izquierda. De ninguna manera es factible hablar de una izquierda neoliberal, aunque reconozco que no hay elementos sólidos para refutarlo pues el PRI se afirma como un partido de centro-izquierda y en nuestra América hay partidos demócratas-cristianos tanto de izquierda como de derecha.
Referencias
Martí, José
(2005) [1891] “Nuestra américa” en Nuestra América. Venezuela, Fundación Biblioteca Ayacucho. Pp. 31-39.
CDyDFC, Centro de Documentación y Difusión de Filosofía Crítica
CDyDFC, Centro de Documentación y Difusión de Filosofía Crítica
(2013) “Enrique Dussel” en Izquierdas mexicanas en el siglo XXI: problemas y perspectivas
(entrevistas). México, UNAM-STUNAM. Pp. 85-96.
Chávez Frías, Hugo Rafael
(entrevistas). México, UNAM-STUNAM. Pp. 85-96.
Chávez Frías, Hugo Rafael
(2006) [2005] “El camino alternativo es el ALBA” en La unidad latinoamericana. Varios países,
Ocean Sur. Pp. 119-158.
Ocean Sur. Pp. 119-158.
...el desaire
Tratándose de ti
sólo tengo clara una cosa:
eres, ¡ay de mí!
como ese juego de labios
que no es beso ni desaire
pero es
¡y vaya que eres!
No me besas ni desairas
pero aquí me tienes,
me seduces a jugarte
y yo,
por más que trato,
no puedo negarme.
¿Cómo resistirme
si estoy frente a tu boca
y a la expectativa de ti?
Terrible ironía:
cuando esperé el desaire...
¡el beso!
Y ahora,
que del beso
ansío tu permanencia...
Aspiraciones de modernidad
Ciudad de México, diciembre de 2014
En el marco de las distintas expresiones y jornadas de solidaridad con Ayotzinapa mostradas por la sociedad mexicana tras la desaparición de 43 normalistas el pasado mes de septiembre, tres normalistas rurales fueron invitados a impartir una conferencia al Plantel 6 de la Escuela Nacional Preparatoria con el propósito de dar a conocer cómo funcionan las Normales Rurales en México, ahondar en la importancia que tienen en sus comunidades y describir el conflicto histórico existente entre normalistas y gobierno. Terminado el acto, los organizadores propusieron la apertura de una ronda de preguntas a los normalistas y uno de los preparatorianos decidió aprovechar la oportunidad para preguntar: “¿Podrían explicarme qué es un binomio conjugado?” En seguida, fue tal el repudio de los organizadores y parte de los asistentes hacia quién preguntó que, entre tantos vituperios y reprobaciones, no hubo ocasión para que los normalistas retomaran la palabra y respondieran –o no– al cuestionamiento, aunque cabe señalar que tampoco hicieron mucho por conseguirlo.
Dada la situación descrita, salen al contraste dos posturas parciales y contradictorias entre sí: una en respaldo y la otra en rechazo al específico cuestionamiento que se hizo a los normalistas. Curiosamente, pienso que a partir de ésta contradicción particular pueden dilucidarse características de orden general de la sociedad mexicana y su realidad. En éste sentido, considero importante, antes de pretender siquiera la proyección del presente discernimiento al ámbito nacional actual, dar espacio a un ejercicio de alteridad, en donde se procure comprender la base contextual-argumentativa en que está sostenida cada una de las posturas. Para esto es substancial comprender que, más que de una simple pregunta quizá mal intencionada, estamos hablando de un encuentro –traspié– entre lo urbano y lo rural, en donde lo urbano se auto-adjudica una condición de superioridad a partir de la cual se concede a sí el derecho de increpar y reprender a lo rural que, por su parte, ha incidido en la cotidianidad urbana por una cuestión meramente circunstancial y completamente ajena a la normalidad en donde percibimos un claro desentendimiento entre uno y otro entorno.
Abordemos primero la postura de respaldo, en donde será fácil vernos remitidos a la discusión que tanto se ha tenido en México sobre los problemas de la calidad educativa: uno de los principales problemas de la educación en México –se dice– es la mala preparación de los profesores. Bajo la lógica de desprestigio hacia los normalistas rurales y de criminalización de su protesta, su supuesto desconocimiento acerca de cómo se obtiene un binomio conjugado vendría a reforzar aquellos dimes y diretes –tan populares como mediáticos– que califican de vándalo e ignorante al normalista y que lo posicionan en el centro del círculo vicioso en donde estudiantes mediocres se vuelven maestros mediocres que vuelven a formar más estudiantes mediocres, para terminar desviando el discurso a la típica reivindicación dominguera y limitadísima de aquella reflexión que simplifica toda posibilidad de cambio social al cambio de uno mismo y que abarca todos los ámbitos de lo colectivo a partir de la acción individual que "todo lo puede y podrá" en la medida en que no roce siquiera a algún tercero.
Corresponde ahora dedicar unas líneas a aquellos que, aún sin haberse terminado de formular la pregunta, reprobaron por completo que se haya cuestionado de esta manera a los normalistas y, en consecuencia, armaron tal estrépito que anularon toda posibilidad de respuesta. Vaya que deja mucho que pensar esta situación porque ¿no será que en el fondo se teme –se sabe– que difícilmente un normalista rural sabrá obtener un binomio conjugado? Desde luego que –de ser así– no es culpa del normalista, sino de un sistema educativo excluyente y deficiente. En defensa de la figura del normalista rural se dijo que no es su responsabilidad tener idea acerca de qué es y cómo se obtiene un binomio conjugado, sino más bien conocer y transmitir la técnica adecuada para la siembra, es decir, saber qué tierra trabajar con yunta y cuál con coa, etcétera; pero sobre todo se mostró una animadversión cuasi-pasional a lo que va más allá del discurso propio de la lucha del “movimiento estudiantil”.
En lo personal, al comienzo compartí la argumentación de repudio a la pregunta en cuestión, sin embargo, después de meditarlo y subordinar mi reflexión a un argumento en específico, me percaté que ambas posturas están más que justificadas. En pleno siglo XXI, en un país con grandes aspiraciones y expectativas respecto al desarrollo es inadmisible que un estudiante con la secundaria terminada no sepa sacar un binomio conjugado, sin embargo, es igualmente cierto que saberlo no es significativo en el entorno rural mexicano porque no coadyuva de forma alguna con la progresión de las condiciones de vida de las comunidades rurales. Sin embargo, ¿en dónde radica realmente la relevancia de todo esto? Es decir, ¿por qué ahondar en un ensayo sobre esta situación tan específica y poco trascendental?
Recordemos que estamos en medio de un encuentro en donde un estudiante urbano cuestiona a uno rural: “¿qué es un binomio conjugado?” y en donde aparentemente no hay más que una pregunta que espera ser resuelta, lo que pasa en realidad es que se está pidiendo modernidad en un lugar donde, de modernidad, no ha llegado más que la marginación propia de la modernidad capitalista.
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Al reflexionar sobre si existe o no una filosofía nuestroamericana es común sentirse rodeado de pronto por un ambiente de consternación que se vuelve especialmente denso cuando reconocemos que el pensamiento filosófico hispanoamericano en su mayoría no ha podido conquistar la originalidad quedando reducido a la imitación filosófica debido a que Hispanoamérica vive alienada por el subdesarrollo y la dependencia (Salazar, 1979).
Algo análogo ocurre al cavilar sobre el desarrollo del capitalismo en América Latina, pues, en mi opinión, no existe tal: lo que tenemos y nos agobia es el desarrollo de la dominación del capitalismo que pertenece a naciones y sociedades (coorporativas) ubicadas en la vanguardia de la modernidad. Latinoamérica pareciera condenada a ser simple complemento del desarrollo ajeno, una estación de paso para los capitales imperialistas que succionan todo excedente económico producido en nuestro continente repatriándolo y centralizándolo en manos de sus inversores (Cueva, 2007).
Expuesto lo anterior, me atrevo a decir que no hay espacio para América Latina en la modernidad, al menos no como protagonista sino como ente subordinado, como tradición que requiere modernizarse. Pero vale la pena especificar: no hay espacio en la modernidad para lo que reivindicamos como originario de América. Porque, vamos, grandes partes de las ciudades de México, Sao Paulo y Buenos Aires bien podrían pasar como parte de la más moderna de las ciudades e incluso vemos que las élites del continente participan del capitalismo con toda libertad, sin embargo, alejándonos de la urbe notamos que hay una prevalencia de lo tradicional.
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Cuando hablamos de lo mexicano, solemos hablar de una raza mestiza, un tipo de hombre que tiene sus raíces arraigadas en dos pasados milenarios, uno mesoamericano y otro español; los mexicanos somos lengua utópica y ficticia que establece un puente de comprensión entre dos mundos (Echeverría, 1998) al tiempo que somos hijos de la ruptura y la negación de esos mundos (Paz, 1978). El caso es que somos, pero yo pensaría que no somos. Sí, pienso que eso del mestizaje es algo inacabado. Por eso hay un México malinchista y pretencioso, y uno tradicional, desde el punto de vista de la tradición; un México moderno y otro rezagado y arcaico, desde el punto de vista de la modernidad. Por eso es importante que el normalista rural sepa cómo obtener un binomio conjugado al mismo tiempo que es algo a lo que, sencillamente, no debería prestar la mínima atención. Por eso describir lo mexicano como una expresión de multiculturalismo y diversidad resulta ser la más grande de las incongruencias nacionales porque lo que ocupa el centro de nuestro imaginario de identidad es arrojado a la periferia de nuestra realidad, mientras nos apropiamos de un pasado milenario para justificar nuestra presencia en este mundo, discriminamos y traicionamos a los herederos directos de ese pasado.
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Quizá he sido un tanto simplista y otro tanto ambiguo en el desarrollo de éste ensayo, sin embargo, mi intención sobre todo es dejar de manifiesto la mutua incomprensión que hay entre los dos –o más– méxicos que se expresan en los distintos entornos, urbanos y/o rurales, del territorio nacional.
Al respecto quisiera enfatizar, en todo caso, en la negación que el México con pretensiones de modernidad ejerce, muy ad hoc con el planteamiento de Ortega y Gasset de que “la masa […] odia a muerte lo que no es ella”, sobre toda manifestación que se muestre como alternativa o diferente a él, y en cómo este acto de discriminación expresa la irracionalidad con la que la modernidad capitalista se auto-sabotea y deja de manifiesto sus contradicciones; contradicciones en cuya comprensión –sostengo– radicará nuestra capacidad para transformar la realidad latinoamericana.
Bolívar Echeverría habla de dos niveles de modernidad, uno potencial y el otro efectivo, planteando al primero como “la característica de una civilización que [a partir del surgimiento de la neotécnica] se encuentra comprometida en un contradictorio, largo y difícil proceso de reconstitución” y al segundo como la subordinación de la modernidad al capitalismo, cuyo método:
[…] discrimina y escoge entre las posibilidades que ofrece la neotécnica, y sólo actualiza o realiza aquellas que prometen ser funcionales con la meta que persigue, que es la acumulación de capital. Al hacerlo demuestra que sólo es capaz de fomentar en integrar la neotécnica de una manera unilateral y empobrecedora. (Echeverría, 2009)
Por lo tanto, tenemos una modernidad potencial que aspira a la realización del hombre mediante el servicio de la neotécnica y tenemos una modernidad “realmente existente” que se expresa de forma mercantil. ¿No será que en la reivindicación de lo marginado en oposición a la modernidad capitalista radique la auténtica modernidad (novedad) potencial de lo moderno?
Fuentes:
Fuentes:
CUEVA, Agustín. El desarrollo del capitalismo en América Latina. Siglo XXI Editores,
vigésima edición. México, 2007.
ECHEVERRÍA, Bolívar. La modernidad de lo barroco. Editorial ERA. México, 1998. Pp. 240.
“Un concepto de modernidad” en Contrahistorias. La otra mirada de Clío. Número 11,
septiembre 2008-febrero 2009. Pp. 7-18.
ORTEGA y Gasset, José. La rebelión de las masas. Sin datos editoriales, .pdf:
http://www.seminariodefilosofiadelderecho.com/Biblioteca/O/rebelion.pdf
PAZ, Octavio. Laberinto de la soledad. Fondo de Cultura Económica, sexta reimpresión. México,
1978. Pp. 192.
SALAZAR Bondy, Augusto. ¿Existe una filosofía de nuestra América? Siglo XXI Editores, sexta
edición. México, 1979. Pp. 133.
Ocaso
De nuestra voz,
el silencio:
fatal anuncio
del futuro estruendo
de un corazón
que, a cuestas,
late.
De nuestra mirada,
el parpadeo:
instantánea ceguera
que omite y oculta
lo que tanto
nos confunde
y aterra.
De nuestro tacto,
la deformidad:
expresión convulsa
de unas manos
que ruegan
poseer, por un instante,
lo que siempre
anhelan.
De nuestra vida,
pues,
el ocaso.
Y del ocaso,
nuestra desdicha...
(la de un devenir
que no deviene;
la de un final
que, interminable,
resulta absurdo)
Versos sueltos... (I)
Que el desamor no destruya ni corrompa
la poesía que hay en tus ojos.
Y que esa poesía que hay en tus ojos
se haga mía cuando soslaye tus desdenes
y al fin bese esa boca roja que tú tienes.
la poesía que hay en tus ojos.
Y que esa poesía que hay en tus ojos
se haga mía cuando soslaye tus desdenes
y al fin bese esa boca roja que tú tienes.
Diré pues lo que me pides
Diré pues,
si es lo que quieres,
que todo fue, de mi parte,
una equivocación.
Que no hubo
-nunca en tu mirada-
mirada alguna de insinuación;
que no había
-en tu juego de palabras-
ni mensaje oculto,
ni amorosa rendición;
que tus labios,
de carne tinta
y cárdeno grosor,
no dieron nunca
-a tórrido beso-
la mínima ocasión.
Diré pues
lo que me pides
y haré mía la mentira.
Mentira
que mi nombre desmiente; mentira
que se desmiente en tu mirada; mentira
que tu palabra desmiente; mentira
que se desmiente en tu beso...
(el que me diste,
el que no te doy;
el triste beso
que en mi boca se pudre,
pues
ni nos funde
ni nos incendia
ahora mismo).
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